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Frustrar para crecer?

La teoría del niño manipulador. Frustración y límites

http://www.crianzanatural.com/art/art223.html

Seguramente habréis escuchado alguna vez frases como que los niños, si no les dejas claro quién manda, “se te suben a la chepa” o “les das la mano y te cogen el brazo”. O que los niños son unos manipuladores, que nos engañan para conseguir lo que desean y que hay que frustrarles desde pequeños para que luego puedan enfrentarse a los golpes de la vida.

Estas ideas erróneas tienen su origen en la teoría de la frustración de Freud, que decía que había que frustrar los instintos y adaptarse a la sociedad. Lo contradictorio del asunto es que, a su vez, Freud descubrió que precisamente cuando se frustraban los instintos aparecían las neurosis, por lo que lo que proponía era, en definitiva, una sociedad enferma que producía enfermos, una sociedad que, si ha cambiado desde sus tiempos a los nuestros, ha sido para ir a peor (de hecho hemos pasado de una predominancia neurótica a una predominancia border line).

Afortunadamente uno de sus discípulos, Wilhelm Reich, al que tanto debe la crianza respetuosa y el mundo, apareció en escena y empezó a hablar de embarazo y parto respetados, sexualidad natural, crianza con respeto, necesidad de continuum tras el parto, vínculo y presencia, validez de todas las emociones o autorregulación, entre otras cosas. Fue un pionero, un visionario cuyas ideas fueron seguidas por gente como Michel Odent, Casilda Rodrigañez o Alice Miller.

Reich vio la contradicción del asunto y se distanció de Freud y del psicoanálisis respecto a estas y otras muchas cosas, hablando del principio del placer. Por placer es cómo aprende el niño, no por frustración, permitiendo la autorregulación, no frustrando sus instintos ni sus necesidades básicas, dejando fluir la vida. Les permitimos aprender mediante autorregulación, por ejemplo, cuando no les obligamos a comer al introducir los alimentos sólidos y además les facilitamos el experimentar, probar, mancharse y mancharlo todo. De ese modo, el niño aprende de un modo natural y placentero a comer solo y con variedad. Obligándoles a comer revestimos el momento de alimentarse de ansiedad, frustración y rabia, además de vivirlo como un fracaso y como algo siempre impuesto desde el exterior

Mediante este aprendizaje, en este y otros aspectos de su vida (retirada del pañal o destete respetuosos y acorde a sus ritmos, por ejemplo), el niño (y el adulto que será después) desarrollará la búsqueda del placer en la vida, de la consecución de las cosas por uno mismo, de la autonomía y de la autoestima…por contraposición al displacer, el miedo, la culpa, la compulsión, la sumisión, el sentimiento de inferioridad, la dependencia de los demás o la ausencia de un yo.

Había que buscar aproximarse a la salud, no a la enfermedad. Había que romper la cadena, no perpetuar las pautas de crianza dañinas mantenidas por la transmisión intergeneracional, que hacen que nuestros traumas infantiles aparezcan para cebarse en nuestros hijos, repitiendo la historia de nuestras propias crianzas de modo inconsciente. Reich contrastó con las patologías de sus pacientes adultos la necesidad de prevenir, de trabajar desde la infancia. Era el único modo de cambiar el mundo y la base imprescindible de todas las luchas y causas. Sin cambiar esto, poco se puede hacer en una sociedad tan enferma. El habló de los “niños del futuro”, trabajando generación tras generación para ir aproximándonos poco a poco todo lo posible a la salud y a la autorregulación.

Por el mismo motivo, Reich recalca la importancia de tener en cuenta lo saludable, no lo estrictamente social, a la hora de criar a nuestros hijos. Establece la diferencia entre normal y sano. Además, descubre lo que llamó la coraza, un mecanismo defensivo que todos formamos desde la concepción y durante la infancia, y que, siendo flexible, se arma cuando es necesario. El problema reside en que dicha coraza se vuelve rígida debido a la tensión cronificada provocada por traumas y frustraciones, alterando nuestra percepción, creando patologías y enfermedades.

Todo esto, aplicado a nuestra vida diaria y a la crianza de nuestros hijos, lo vemos reflejado en esa concepción predominante del niño manipulador al que hay que meter en vereda, que se correspondería con la teoría de la frustración. De este modo, teniendo en cuenta las investigaciones de Reich (y las del mismo Freud), con una educación autoritaria estaríamos creando esas tensiones cronificadas que poco a poco enfermarían a nuestros hijos y los acorazarían rígidamente.

Es más, para afrontar la dureza de la vida el niño precisamente necesita una base fuerte que solo se consigue desde la salud, sin frustraciones innecesarias. El mundo puede estar enfermo, pero una persona sana vive y puede hacerle frente. Una persona enferma solo sobrevive y recibe los golpes de la vida con dureza. Esto también podemos verlo desde las investigaciones realizadas en la teoría del apego, viviendo esa dependencia necesaria y sana, como especie altricial que somos, para después poder ser realmente independientes.

Una de las cosas más bonitas de mi trabajo y de mi aprendizaje se da cuando investigaciones de diversas corrientes coinciden. Cuando el puzzle encaja. Este es uno de esos casos. Desde la psicología evolutiva, la neurociencia o la teoría de la mente vemos que el niño, antes de los 3 años, no es capaz de realizar operaciones cognitivas superiores, como engañar, manipular o ponerse en el lugar de otra persona, sencillamente porque su cerebro superior aún no está desarrollado, además de encontrarse en la llamada fase egocéntrica en la que el mundo gira alrededor de ellos al no entender tampoco la noción de “otro”. La capa cortical correspondiente al cerebro superior que permite realizar este tipo de operaciones no está completa. Por este motivo es imposible que el niño sea un manipulador, que llore para conseguir las cosas, que quiera subírsenos a la chepa. Esto es así vengamos del enfoque que vengamos; es algo físico e irrebatible.

Este desarrollo cortical y cerebral incompleto tiene además otra consecuencia. Todo impacto o trauma incide en el cerebro primitivo, en el sistema nervioso vegetativo (al ser más pequeño el bebé) o en el cerebro medio emocional (más adelante), y lo hace con fuerza, debido a esa ausencia de defensa cortical. Por ello, cuanto más pequeño es el niño, mayor va a ser el impacto, más va a condicionar su vida futura. Un impacto vegetativo deja una profunda huella que dura toda nuestra vida y nos hace ser como somos, o mejor dicho, como no somos, ya que el yo se debilita o incluso desaparece para sobrevivir (que no vivir) bajo una máscara. Un impacto en el sistema límbico o emocional deja también una huella profunda, pero el daño es menor, aunque también nos condiciona.

Un claro ejemplo es el método Estivill o del llanto controlado, que aplicado a bebés puede causar una escisión del yo como defensa vegetativa (el bebé hasta los 6 meses no percibe que sea un cuerpo separado del de la madre, de ahí la necesidad del continuum) y seguramente una estructura psicótica futura. El bebé además, con suerte, llora. Digo con suerte porque el bebé que no lo hace ya se ha rendido y ha comenzado a acorazarse, a no querer vivir (una alarma se me dispara cuando me hablan de niños “buenos” que no lloran). Llorar es adaptativo, permite a ese bebé que aún no tiene capacidad para razonar y ver que está a salvo no morir a manos de un depredador, de frío o de hambre. Su instinto se lo grita. Incluso si no llora, el bebé puede estar sufriendo el mismo daño, tal y como se ha comprobado en estudios que miden el cortisol (hormona del miedo y del estrés que en cantidades altas perjudica el desarrollo cerebral) en la saliva. Mientras tanto, sus padres, pensando que hacen lo mejor para él porque así se lo han aconsejado o porque un “experto” lo indica, asisten a ello al otro lado de la puerta, además, entre lágrimas. Porque en el fondo su propio instinto les dice que no deben hacer eso. Pero la sociedad les dice lo contrario, que hay que acostumbrarles a dormir separados y que no hay que atenderles cuando lloran porque nos “manipulan” para que vayamos. Teniendo en cuenta todo lo comentado antes sobre el desarrollo cerebral y la imposibilidad de manipular en un bebé, no tiene ningún sentido. Dicho sea de paso, el bebé no aprende a dormir, puesto que ya sabe hacerlo (con el sueño propio de su edad, con despertares adaptativos destinados a la supervivencia); aprende a resignarse de la mano de la depresión, la ansiedad y la indefensión aprendida. Los bebés deberían dormir con sus madres, tal y como nuestra especie ha hecho desde sus inicios, que es para lo que estamos preparados. Hacer otra cosa es antinatural y pasa factura.

De igual modo, las frustraciones innecesarias, como por ejemplo reprimir o ignorar las rabietas, pueden provocar cronificación de las tensiones y el progresivo endurecimiento de la coraza en el niño, por ejemplo con una estructura border line con una base de rabia reprimida bajo una máscara de amabilidad desarrollada para agradar a los padres y a los demás. Una olla a presión, una base de violencia con cara de buen vecino. Esa es nuestra sociedad.

Es el caso de los límites mal entendidos, desgraciadamente tan extendidos por nuestra sociedad. Antes de los tres años, los límites no tienen sentido, por la fase en la que se encuentra el niño ya comentada antes, aunque debemos velar por su seguridad y su salud. Autorregulación no significa libertinaje, no significa dejar que los niños hagan siempre lo que desean dentro de una lógica. Si el niño no quiere ponerse el cinturón del coche, quiere tirarse por la ventana, comer siempre chucherías o ver constantemente la televisión, no podemos permitirlo. La diferencia va a residir en cómo gestionamos estas situaciones, sin autoritarismo pero con firmeza cuando sea necesaria, intentando siempre abordarlas desde el lenguaje que comprende el niño a esa edad: juego, imaginación, distracción, ejemplo, anticipación. Si no funciona o la situación es peligrosa y debemos intervenir rápidamente, simplemente no les permitimos hacerlo. No pasa nada si se da una rabieta, siempre que no la ignoremos ni la reprimamos, sino que la acompañemos validando sus sentimientos y dejándoles claro que les queremos y estamos a su lado, con verdadera presencia (y no me refiero a presencia física únicamente, sino a estar verdaderamente a su lado y en nosotros).

Tras los tres años podremos ir incorporando el diálogo a estas situaciones y los límites cobrarán más sentido, siendo de hecho necesarios para proporcionar envolvimiento, coherencia y seguridad al niño, siempre que se tenga lógica y sentido común a la hora de ponerlos. Se trata de favorecer un respeto natural, desde la admiración y la confianza, no desde la imposición, y destinado al desarrollo sano del niño y no a una lucha de poder con los padres. Firmeza sin gritos, sin violencia, sin traumas personales de los padres asomando la nariz en el asunto. Pocos “noes” y nunca por sistema, sino desde la lógica y admitiendo que el adulto también se puede equivocar (y que lecciones nos dan a veces los niños).

Hay que diferenciar entre las necesidades reales y básicas de un niño, las cuales nunca hay que limitar, y las puramente sociales o destinadas a lo que desea el adulto. Los límites deben estar orientados a su funcionalidad, a su utilidad para el desarrollo del niño, no a la comodidad adulta ni a quedar bien en sociedad.

El sentido común no puede faltar en estos casos. Si nuestro hijo no come equilibradamente porque siempre desea comer chocolate, esto no pasará si sencillamente no hay chocolate en casa o si se le da antes de comer. Si no se quiere poner la ropa por la mañana, quizá tendremos que planteárselo de otra manera, jugando, sin prisas, a su ritmo. A mí tampoco me gustaría que me sacasen de mi cama calentita y me metiesen prisas. Si un niño de menos de tres años no quiere compartir un juguete, no podemos pretender que lo entienda, porque como hemos comentado su desarrollo cerebral, aún incompleto, no le permite entender la noción de “otro” y mucho menos la de compartir. Lo que debería importarnos es que nuestro hijo se desarrolle de manera sana, no lo que piensen el resto de padres del parque. Si un niño tiene una rabieta en medio de un centro comercial, nos necesita igual que si la tiene en casa. No podemos estar pensando en que toda esa gente que no conocemos de nada nos mira y piensa que somos malos padres. Deberíamos poner una barrera para estar con nuestro hijo cuando lo necesita.

No hacen falta grandes traumas para que un niño se vea dañado. En la mayoría de los casos, el mayor daño se produce con el goteo cotidiano de represión, de maltrato sutil, de lo que percibimos como “normal” porque es lo que siempre hemos vivido, de lo que luego justificamos de adultos con un “a mí no me pasó nada”, negando una realidad porque no la percibimos como tal. Pero luego reproducimos el mismo patrón con nuestros hijos. O vivimos desde la ansiedad, la tristeza o el miedo, y lo somatizamos con enfermedades de todo tipo. Buscamos incesantemente esa felicidad inalcanzable sin poder llenar con nada ese vacío gestado en los primeros años de nuestra vida, ese vacío de amor y presencia de nuestros padres en el que solo hay culpa, rabia y miedo. Buscamos llenarlo con alcohol, tabaco, drogas, pertenencia a sectas o grupos específicos, consumismo desenfrenado o la aprobación de los demás, nuestros eternos padres.

En resumen, debemos adecuarnos a lo que entiende y pretende el niño en la etapa en la que se encuentra y pensar en ellos y no en lo que juzgue la sociedad, ya que tenemos una gran responsabilidad que va más allá de nuestros hijos. Es el cambio necesario en el mundo.

© Laura Perales, psicóloga infantil. Ofrece orientación reichiana, humanista y teoría del apego. Puedes encontrar más información en http://www.crianzaautorregulada.com.